Mamá siempre fue una irresponsable. Digo irresponsable en un sentido metafórico. Ella fue la responsable de que conociera el mar. Dio el OK cuando tía Mabel (pronúnciese Meibel) decidió invitarnos a mi prima y a mi a pasar un mes con ella y tío Cristian a Mar del Plata. Alegría enormísima la mía cuando me dieron la noticia. No los conocía, sólo había escuchado hablar de ellos en casa en reuniones familiares. Se habían casado de grandes. Ella, si ella, no podía tener hijos, y aunque suene extraño ante la pregunta de ¿Quien es la tía Meibel?, la respuesta era más larga de la esperada: “Meibel, la casada con el tío Cristian , la que no puede tener hijos, la concertista de piano, la inglesa”…pobre tía llevaba un estigma que todos en la familia se encargaban de recordar siempre. Seguramente el estéril era el tío, no se porque siempre sospeché eso, pero alguien determinó que fuera ella la culpable. Por fin llegamos a Mar del Plata. Un hombre alto y rubio y una mujer bajita y también rubia, con unos ojos celestes inmensos, nos esperaban en el andén del tren “El Libertador”. Estaban los dos del brazo, ella enseguida llamó mi atención. Primero su pelo. Una larga trenza le colgaba hasta la mitad de la espalda. Después el abrazo y el beso en la boca. Si, mi tía Meibel, acababa de darme un beso en la boca. Llegamos a su casa y nos sentamos a charlar en el jardín. Era de mañana, ella comenzó a hablar de su familia, de su pueblo, de su piano, de cómo conoció a mi tío, de lo bien que le iba vendiendo cremas de cera de abejas, de la cantidad de clientas, de lo mal que se sentía de la vesícula. Hasta que por fin después de haber dicho todo eso sin hacer ninguna pausa, se levantó y preguntó ¿chicos les gustan los panqueques? Mí si fue impulsivo, casi espasmódico. Llegada la hora de ir a la playa, fuimos solos, con una canasta llena de panqueques. Sólo y con una canasta llena de panqueques y en la playa por primera vez. Mi sueño. Sueño que se hizo añicos cuando probé el primero, estaba relleno con papa, mi prima confirmó que el suyo también, habían casi dos docenas. Probé todos, y todos eran de papa. Después de disfrutar mi primer día de playa, volvimos a casa de los tíos. Meibel preparaba la cena: panqueques rellenos, pero… “con una sorpresa nos dijo”. Era su oportunidad de redimirse por los de papa. Me senté y corte un pequeño trozo, disimuladamente me fije el relleno, eran de arroz blanco y sin sal. No salía de mi asombro. Comí como pude. Los días siguientes parecieron calcados. Playa de la mañana a la noche con canasta de panqueques incluida, pero con los rellenos más insólitos. Luego la cena. Si, adivinaron…panqueques, generalmente fríos, porque como era verano la tía prefería la comida fría. Los días pasaban y yo no podía ver más un panqueque. Sus conversaciones erráticas, sus conciertos de piano que nos insistía en escuchar cada noche y que parecían golpes al azar sobre las teclas, acabaron con mi paciencia y despertaron mis sospechas de que algo no andaba bien con la tía Meibel. La confirmación llegó un día de tormenta. Al mirar por la ventana la vi colgando la ropa y echando jabón en polvo. Entró y le pregunte porque colgaba la ropa si estaba lloviendo. “Para que se lave”, respondió con una sonrisa. Hablé con mi prima y le dije: -Nos vamos mañana
- ¿Porqué?, preguntó ella.
-Porque la tía Meibel no está bien. Hemos comido nada más que panqueques durante 20 días, ya no me puedo quedar un día más acá.
Inventé una excusa para nuestra partida anticipada. Nos acompañaron a la estación. Tía Meibel se despidió de nosotros y me entregó con una sonrisa…una canasta llena de panqueques. Cuando llegué a casa traté de no comentar nada sobre lo ocurrido he hice jurarle a mi prima que tampoco diría nada. No quería agregar otra palabra a la definición de tía Meibel, la casada con el tío Cristian, la que no podía tener hijos, la concertista de piano, la inglesa…la loca.

Escrito por eternauta2 















