Banana Pancakes

enero 21, 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

Mamá siempre fue una irresponsable. Digo irresponsable en un sentido metafórico. Ella fue la responsable de que conociera el mar. Dio el OK cuando tía Mabel (pronúnciese Meibel) decidió invitarnos a mi prima y a mi a pasar un mes con ella y tío Cristian a Mar del Plata. Alegría enormísima la mía cuando me dieron la noticia. No los conocía, sólo había escuchado hablar de ellos en casa en reuniones familiares. Se habían casado de grandes. Ella, si ella, no podía tener hijos, y aunque suene extraño ante la pregunta de ¿Quien es la tía Meibel?, la respuesta era más larga de la esperada: “Meibel, la casada con el tío Cristian , la que no puede tener hijos, la concertista de piano, la inglesa”…pobre tía llevaba un estigma que todos en la familia se encargaban de recordar siempre. Seguramente el estéril era el tío, no se porque siempre sospeché eso, pero alguien determinó que fuera ella la culpable. Por fin llegamos a Mar del Plata. Un hombre alto y rubio y una mujer bajita y también rubia, con unos ojos celestes inmensos, nos esperaban en el andén del tren “El Libertador”. Estaban los dos del brazo, ella enseguida llamó mi atención. Primero su pelo. Una larga trenza le colgaba hasta la mitad de la espalda. Después el abrazo y el beso en la boca. Si, mi tía Meibel, acababa de darme un beso en la boca. Llegamos a su casa y nos sentamos a charlar en el jardín. Era de mañana, ella comenzó a hablar de su familia, de su pueblo, de su piano, de cómo conoció a mi tío, de lo bien que le iba vendiendo cremas de cera de abejas, de la cantidad de clientas, de lo mal que se sentía de la vesícula. Hasta que por fin después de haber dicho todo eso sin hacer ninguna pausa, se levantó y preguntó ¿chicos les gustan los panqueques? Mí si fue impulsivo, casi espasmódico. Llegada la hora de ir a la playa, fuimos solos, con una canasta llena de panqueques. Sólo y con una canasta llena de panqueques y en la playa por primera vez. Mi sueño. Sueño que se hizo añicos cuando probé el primero, estaba relleno con papa, mi prima confirmó que el suyo también, habían casi dos docenas. Probé todos, y todos eran de papa. Después de disfrutar mi primer día de playa, volvimos a casa de los tíos. Meibel preparaba la cena: panqueques rellenos, pero… “con una sorpresa nos dijo”. Era su oportunidad de redimirse por los de papa. Me senté y corte un pequeño trozo, disimuladamente me fije el relleno, eran de arroz blanco y sin sal. No salía de mi asombro. Comí como pude. Los días siguientes parecieron calcados. Playa de la mañana a la noche con canasta de panqueques incluida, pero con los rellenos más insólitos. Luego la cena. Si, adivinaron…panqueques, generalmente fríos, porque como era verano la tía prefería la comida fría. Los días pasaban y yo no podía ver más un panqueque. Sus conversaciones erráticas, sus conciertos de piano que nos insistía en escuchar cada noche y que parecían golpes al azar sobre las teclas, acabaron con mi paciencia y despertaron mis sospechas de que algo no andaba bien con la tía Meibel. La confirmación llegó un día de tormenta. Al mirar por la ventana la vi colgando la ropa y echando jabón en polvo. Entró y le pregunte porque colgaba la ropa si estaba lloviendo. “Para que se lave”, respondió con una sonrisa. Hablé con mi prima y le dije: -Nos vamos mañana
- ¿Porqué?, preguntó ella.
-Porque la tía Meibel no está bien. Hemos comido nada más que panqueques durante 20 días, ya no me puedo quedar un día más acá.
Inventé una excusa para nuestra partida anticipada. Nos acompañaron a la estación. Tía Meibel se despidió de nosotros y me entregó con una sonrisa…una canasta llena de panqueques. Cuando llegué a casa traté de no comentar nada sobre lo ocurrido he hice jurarle a mi prima que tampoco diría nada. No quería agregar otra palabra a la definición de tía Meibel, la casada con el tío Cristian, la que no podía tener hijos, la concertista de piano, la inglesa…la loca.


No tuve pediatra

enero 12, 2012

 

Las corbatas curan. Los cinturones creo que también sirven. Un plato en la cabeza con la mitad de agua, aceite, una papa partida al medio y arriba un fósforo, era el único remedio infalible para el mal de ojos. Los primeros curan el empacho, y la pregunta es inevitable ¿que es el empacho?, no se sabe muy bien. Es un malestar estomacal, el nene se pone amarillo, vomita, no come…es ahí cuando se necesitaban con urgencia ciertos, digámosle…”sortilegios”. La Juanita no dudaba en llevarme a “Doña Bragagnolo”. Le tenía una fe ciega. No tuve pediatra, tenía una mujer que me rezaba y me tiraba el cuerito de la espalda. Si sonaba, estaba empachado, sino, “llévelo al médico señora”. Una vez se lo dijo, pero con voz firme, “¿No se dio cuenta que tiene dos bolas, acá en el cuello?”, y le hizo ponerme la mano. “Estas son paperas”, llévelo al médico. Eso le otorgó, ante mis ojos, cierta credibilidad. Conocía poco de ella, sabía que iba a misa todos los días, a la mañana. Su hijo tenía un corralón y yo conocía al nieto porque jugaba con él. Una familia normal, con la salvedad de que en la casa había una abuela que curaba empachos. Había que hacer cola para que te atendiera, había que ir temprano a la tarde; venía gente de todos lados para que Dona Bragagnolo los curara. Ella era una mujer rellenita, de cara redonda y ojos muy celestes. Te hacía pasar a una habitación llena, y cuando diga llena, digo hasta el techo, de santos, vírgenes, cruces, velas. Una vez me asustó ver un San Cayetano tamaño natural. Había una camilla, te levantaba la remera, te tocaba la panza, y rezaba, rezaba muy bajito. Después te ponía de espaldas, y te tiraba el cuerito. Era un tirón en las vértebras que limitan con el tan famoso huesito dulce. Dolía. A veces sonaba y ese malestar que sentía, desaparecía inmediatamente. Ella no paraba de rezar. Después le decía a mi mamá, cosas como: “que coma mucha papa” “Déle camote”. Volvía a casa y le contaba a mi abuela, “ahora vas a ver que vas al baño y haces caca verde, porque el empacho es eso, caca que te se te queda en los intestinos y cuando Doña Bragagnolo te tira el cuerito se te despega toda esa caca fea que tenías ahí, los médicos no curan el empacho, hay que saber curarlo. Esta definición de empacho la voy a incluir en wikipedia. “Caca fea” no suena muy científico, pero grafica bien lo que es un empacho. Realmente creo que curaba, tenía algo, no puedo explicarlo. No era una curandera común y corriente. Recuerdo que en ese lugar lleno de santos había olor rico, no puedo especificar a que, sahumerios no eran, seguro. Pero era un aroma dulzón. Ahora que lo veo a la distancia, yo sabía que lo que tenía se me iba a pasar si iba con esa mujer. Fe transmitida seguramente por la irresponsable de la Juanita, que no era precisamente una experta en psicología infantil y me hacía creer cosas increíbles. Escribí esto pensando en un historia que escuche de un chanta que curaba el cáncer con unos juguitos…y pensé en Doña Bragagnolo, parecerá extraño, pero la rodeaba cierto aire de santidad. Mis amigos de Luján no me dejarán mentir.

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