De comedores inexpugnables y profiteroles

noviembre 16, 2008

fotografia_0271En mi casa el comedor era inexpugnable. Un lugar sólo reservado para determinados acontecimientos. Desconozco el autor de dicha regla. Sospecho de mi abuela. Pero no tengo pruebas. Tal vez fue una convención establecida por los miembros de la familia. Algo transmitido de generación en generación. Algo genético. Viejas ancestrales costumbres culturales. La cuestión es que al comedor estaba prohibido entrar. “Le prohibieron la manzana, sólo entonces la mordió, la manzana no importaba, nada más la prohibición” escuche a los redondos decir años después sabiamente. Lo exploraba cada vez que podía. Encerrados en dos cuadros ovalados, mis bisabuelos me miraban con gesto adusto desde las paredes, como acusándome de romper un pacto familiar. Un cuadro de la tía Manuela cuando vino de visista a Mendoza, y le dio por pintar, colgaba altanero desde otra pared. Un cuadro feo. Muy feo. Pero estaba realizado por la tía Manuela, con sus propias manos. Eso le confería el suficiente valor y coraje para haberse atrevido a trepar a la pared principal.

Una mesa ovalada, marrón, pesada, dominaba el paisaje. El mantel blanco llegaba hasta el piso. También realizado por alguna tía visitante. Era el lugar ideal para escondites urgentes. De ahí a mi lugar más preciado había sólo un paso. La biblioteca. Los sillones provocaban una ruptura. No tenían nada que hacer allí. No pertenecían a ese ecosistema. Fieles exponentes de la cultura pop y del auge del poliuretano, mezclados con patas de roble talladas, barnizadas, oscuras, anticuadas. No creo que hayan sido puestos allí estratégicamente. A veces buscamos razones donde no las hay. Estaban ahí. Punto.

El piso olía rico, un aroma casi intoxicante. Todos los días la abuela le pasaba el lampazo con kerosén. Tener un buen lampazo y curado con kerosén, aseguraban un brillo perfecto para pisos y veredas y el elogio seguro de las vecinas. De esto hablaré otro día.

Una de las razones esgrimidas para hacer del comedor un lugar infranqueable era el santuario de copas de cristal y de vajilla de porcelana, que yacía en la biblioteca.

La abuela ya nos había contado del regalo de casamiento de sus hermanas, una vajilla digna del emperador de china, con dragones y dibujos. “No la taquen porque se quiebran” repetía cada tanto por si algún curioso se atrevía. “Es porcelana china”. En otro lugar de la codiciada vitrina se acomodaban unas tras otras. las “copitas de anís”, ahí podes tomar lo que quieras, pero en casa eran copitas de anís, exclusivas para esa bebida y para ninguna otra. No hay explicación, es cuestión de fe, eran de anís y punto.

En la biblioteca (mezcla de mueble exhibidor, con estantes para libros, cosa rara.) había una puerta. Detrás de esa puerta, los libros. En su mayoría de mi abuelo. Muchos en alemán y otros de autores clásicos. Los tres lomos anchos del diccionario de la lengua española, atraían la mirada de cualquiera, eran gigantes.

Los sábados eran los días “del comedor” se repasaba una y otra vez los muebles, el piso, se colocaban dos sillas para sellar la única entrada. El sábado venía de visita la Tía Doris, la hermana de papá, la que tocaba el piano, la que era actriz de cine hasta que se casó y mi tío no la dejo más. El sábado era para y por ella. A las 5 de la tarde cuando sonaba el timbre y la tía dejaba su tapado de piel, sobre el sillón era la señal de que el comedor cobraba vida. El té en las tazas de porcelana, La bandeja plateada que resplandecía en la vitrina ahora estaba allí, sucia, llena de bombitas de crema y dulce de leche. Tirada sobre la mesa. Indignada. Vapuleada.

Creo que la prohibición provocó su inmediata reacción: el deseo por estar allí. Clandestinamente era una aventura. Pero los sábados me gustaba escuchar a la tía Doris. La que salió reina de la vendimia y no le dieron la corona porque no tenía manos de cosechadora (era pianista). La casada con el tío Eduardo que tenía la viña y la bodega. La que trabajó con Marcos Sucker. En fin, aunque tuviera que escuchar una y otra vez esas historias, estar en el lugar prohibido… era delicioso.


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