Las hay de los más diversos tipos. Algunas bajitas. Otras blancas y radiantes como una novia. Otras altivas mostrando su latex para exteriores que miran con desdén a sus vecinas mas viejas y con menos suerte, descascaradas y convertidas en un remanso para gatos cansados de buscar el amor en las calles cargadas de decibeles. Son ellas, las medianeras, el límite entre mi espacio y el espacio de los de al lado. El límite entre mi mundo y el mundo desconocido de los García.
Crecí pensando que las medianeras eran malformaciones provocadas por algún virus urbano. Los lotes angostos. Los baldíos, que cobijan la más diversa flora subtropical, contrucciones en altura desordenadas y desprolijas. Hasta que logre ver la utilidad de esos lienzos de ladrillo donde algún artista dejaba su impronta en aerosol. Las faltas de ortografía que algun adolescente, creciendo desenfrenadamente, le grita al mundo su amor por Ana.
Dentro de los límites de las medianeras, Maria puede dar rienda suelta a su pasión por los malbones, a tomar sol sin pudor sobre una toalla húmeda imaginando que ese fuentón naranja donde aplaca el calor de los eneros, es un manantial que brota de un solitario surtidor que emerge tímido y solitario entre los gruesos ladrillos. 30 centímetros separan a María de los discursos de Juan, de sus do de pecho en camiseta, de su ritual del vermouth a la tardecita. Nadie nos ve. Nos protegen de la mirada furtiva de los curiosos, de la crítica ácida de nuestras vecinas, esas que quisieran tener la altura de la medianera para poder tener una visión exacta y panorámica de lo que pasa en nuestro patio trasero y multiplicarlo a viva voz en la verdulería.
Hay quienes con mucha imaginación logran pasar ese límite, es el caso de los hijos de Aurora que a fuerza de paciencia y destreza lograron abrir un pequeño agujero por donde pueden espiar el universo de Maria. Contemplar sus curvas mientras el sol acaricia su epidermis. Se excitan tempranamente con las marcas blancas que le deja la bikini.
Con la excusa de podar el duraznero, Lorenzo se asoma al misterioso espacio rectangular de Daniel, un cementerio de botellas de vino y de cerveza se apilan a un costado, son vestigios de reiterados arranques de soledad crónica que solo se calman de a ratos con encuentros efímeros, con mujeres efímeras.
Como leones marcando su territorio de caza, nuestras medianeras nos hacen dueños de nuestro espacio, de nuestro tiempo. Nos dan la libertad de tirar esa cascara de banana en el medio del patio sin remordimientos. Nos separan y nos unen. Nos acercan y nos alejan. Nos hacen sentir esa curiosidad obsena por saber que pasa del otro lado.
También está la versión sonora para aquellos que le da fiaca leer.
Escrito por eternauta2 

