El mundo encerrado en tapas duras

agosto 21, 2011

Estantería

Camino a mi trabajo descubrí una Biblioteca Popular, pasé una vez y con curiosidad me asomé a una ventana medio abierta. Olía a cera. Apurado por no llegar tarde seguí mi rumbo seguí e largo.  Ayer pedí permiso para entrar, cuando lo hice sentí que ingresaba a un lugar sagrado como una Mezquita ó una Iglesia. Inmediatamente mi tono de voz bajo hasta hacerse casi imperceptible, le hice un par de preguntas a la bibliotecaria y me dispuse a recorrerla. Siempre me fascinaron las bibliotecas y por supuesto, los libros. Desde que Eco, me deslumbro con “El Nombre de la Rosa”, la atracción que estas ejercen sobre mi sólo podría compararse con la atracción que ejerce la luna sobre el mar. No puedo dejar de pensar en esas estanterías cargadas de historias; el conocimiento encerrado en tapas duras, el mundo encerrado en tapas duras. Cada libro no sólo encierra la historia que el escritor plasmó en él, sino la de los cientos de ojos que se posaron sobre cada palabra, sobre cada frase, sobre cada página. Algunos arrancaron sonrisas, otros transportaron a su lector a lugares donde jamas imagino estar, algunos dejaron a más de uno boquiabierto ante una revelación inesperada. Otros nos acompañaron a la cama y se quedaron dormidos en nuestro pecho como amantes satisfechas. Muchos fueron insultados por decir verdades que no queríamos escuchar. Otros fueron castigados al ostracismo simplemente por ser libros. Otros tuvieron el destino de las brujas de Salem y condenados a morir en la hoguera. Si señores, hay libros condenados, libros prohibidos, libros vapuleados. Así como también hay libros exageradamente reverenciados, recomendados hasta el hartazgo, como si el significado hallado en ellos pudiera causar el mismo efecto en todo el que lo lee. Libros para automedicarse contra las penas, para conseguir el éxito. Libros de moda como si fueran carteras de cocodrilo. Pero no hay libros malos, así como tampoco puede haber una canción mala, la maldad no es algo que atañe a los libros, pueden agradarnos o no, pero no hay libros malos. Particularmente no tengo uno preferido, sería injusto con los demás, de todos rescate una palabra, una frase, un concepto, una historia que se parecía a mi historia. Esto es un secreto que comparto con ustedes, les pido discreción;  he besado un libro, si, los he besado. Y voy a dar uno de ejemplo “Era inevitable: el olor de las almendras amargas me recuerda siempre el destino de los amores contrariados” ese comienzo provocó que lo besara. Simplemente no pude evitarlo. Por eso cuando traspasé la puerta de esa biblioteca sentí que el mundo cabía en esa habitación. No era la biblioteca de la abadía benedictina que William de Baskerville y Adso de Melk no pudieron salvar de las llamas, pero era tan sagrada como aquella. Saqué algunas fotos, sólo para compartirlas con Uds. Así como quien viaja a París no deja de fotografiar la torre Eiffel, yo no pude dejar de disparar mi cámara contra esas estanterías.

Esta hoja estaba marcada, ¿que palabra, que frase habrá empujado a quien lo leía a marcarla? quien sabe…pero debió de ser algo importante. La eligió entre cientos de otras páginas.

Sahumerios y libros

Según la bibliotecaria el olor a sándalo relaja e invita a la lectura, nunca lo comprobé, debe ser otro de esos mitos propios de quien convive con libros.

El Judio Errante

El Judío Errante se prepara para seguir errando, es el destino de los libros de biblioteca, siempre deben estar preparados para un viaje.

Herman Hesse, robado

Sobre el fondo hay un estante vació, me dijo que ahí supo descansar Herman Hesse hasta que un ladrón egoísta decidió que quedaban mejor en su casa que en una biblioteca popular. Malvado.

Juntos es mejor

Los de Steinbeck esperan mientras se acompañan; no es bueno estar sólo y menos en una biblioteca.

Te acuerdas del Club del Clan y la sonrisa de Jhonny Land...

Los del Club del Clan querían estar cerca de Borges, y se dieron el gusto nomás.

 


De cuando mi tío Emilio caminaba por Corrientes

noviembre 22, 2008

libros7
Ella estaba molesta. Los domingos por la tarde le molestan. De chiquita nunca le gustaron. A él sin embargo si. Dice que cuando algo se va terminando hay que saborearlo, por eso se va a caminar por Corrientes. Ella no sabe si salir o quedarse. El no sabe si ponerse los zapatos marrones o los negros. Ella susurra “Lullabies of Birdland” de Ella Fitzgerald. El canta un gol en el baño. A ella no le gusta la simetría de su rostro, por eso se pinta un lunar. El cree en las profecías de los cometas, en la numerología y en la Virgen María. Ella cree que del paraíso sólo quedan ruinas, del infierno una brasa y el purgatorio dejó de existir durante una revolución de almas purgantes. El toma cuidadosamente un frasco blanco de “Old Spice” y se refresca la cara y el cuello. Ella no usa perfumes, es alérgica. De chiquita lo es. El improvisa unos pasos de baile en el living con su soledad, y sale a la calle pensando en lo efímero de los amores ambulantes. Ella se mira al espejo, juega con su pelo, se lo echa hacia atrás y se deja caer dos mechitas a los costados. Le gusta, sonríe, se seca una lágrima, de esas que se escapan sin razón aparente. Sale a la calle. Corrientes es tan ancha, pero todos se empeñan en caminar en trayectoria de colisión contra uno, como es la gente. El camina rápido hasta Callao, a partir de ahí su paso se hace pausado. Las mujeres le pasan en cámara lenta, las huele, mira flamear sus polleras como banderas, les sonríe con todos los dientes, ellas agradecen agachando la cabeza y girándola levemente, el reconoce ese gesto sutil como parte del ritual de apareamiento. No es lo que esta buscando. Ella acaricia cada libro que ve en las librerías, de vez en cuando toma uno, lo abre, lo huele disimuladamente, y se va. Le excita el olor de los libros nuevos. En eso estaba cuando levantó la mirada y lo vio. Su sonrisa la atravesó. El se columpió en las mechitas que le caían a los costados.
- ¿Le gustan las Margaritas? preguntó él
- Si, mucho
- Una flor simple, pero linda.
- Es cierto
- Yo prefiero las madreselvas, pero son chiquitas, son para perfumar jardines.
- Será ese el destino de las madreselvas, así como el de las margaritas será el de recordarnos que bello que es lo simple.
- Tiene Ud. mucha razón.

Una historia de la Baulera. En la presentación de mi blog cuento que un tío conoció a una famosa actriz por la Calle Corrientes. Fe de Erratas, no se llamaba Blas, se llamaba Emilio y ella era Nelly Omar, famosa cantante de tangos de los años 30. El otro día leyendo un blog (Alas Tango) que es el que le gusta a la Juanita, leímos sobre Nelly Omar, y ella confirmó la historia del tío Emilio y agregó datos como que la conoció en una librería. Lo demás corre por cuenta mia y de este cielo gris de madrugada que encima por la tela mosquitera lo veo cudriculado. Que cosa.

Proxímanente continuación operación Tante


De comedores inexpugnables y profiteroles

noviembre 16, 2008

fotografia_0271En mi casa el comedor era inexpugnable. Un lugar sólo reservado para determinados acontecimientos. Desconozco el autor de dicha regla. Sospecho de mi abuela. Pero no tengo pruebas. Tal vez fue una convención establecida por los miembros de la familia. Algo transmitido de generación en generación. Algo genético. Viejas ancestrales costumbres culturales. La cuestión es que al comedor estaba prohibido entrar. “Le prohibieron la manzana, sólo entonces la mordió, la manzana no importaba, nada más la prohibición” escuche a los redondos decir años después sabiamente. Lo exploraba cada vez que podía. Encerrados en dos cuadros ovalados, mis bisabuelos me miraban con gesto adusto desde las paredes, como acusándome de romper un pacto familiar. Un cuadro de la tía Manuela cuando vino de visista a Mendoza, y le dio por pintar, colgaba altanero desde otra pared. Un cuadro feo. Muy feo. Pero estaba realizado por la tía Manuela, con sus propias manos. Eso le confería el suficiente valor y coraje para haberse atrevido a trepar a la pared principal.

Una mesa ovalada, marrón, pesada, dominaba el paisaje. El mantel blanco llegaba hasta el piso. También realizado por alguna tía visitante. Era el lugar ideal para escondites urgentes. De ahí a mi lugar más preciado había sólo un paso. La biblioteca. Los sillones provocaban una ruptura. No tenían nada que hacer allí. No pertenecían a ese ecosistema. Fieles exponentes de la cultura pop y del auge del poliuretano, mezclados con patas de roble talladas, barnizadas, oscuras, anticuadas. No creo que hayan sido puestos allí estratégicamente. A veces buscamos razones donde no las hay. Estaban ahí. Punto.

El piso olía rico, un aroma casi intoxicante. Todos los días la abuela le pasaba el lampazo con kerosén. Tener un buen lampazo y curado con kerosén, aseguraban un brillo perfecto para pisos y veredas y el elogio seguro de las vecinas. De esto hablaré otro día.

Una de las razones esgrimidas para hacer del comedor un lugar infranqueable era el santuario de copas de cristal y de vajilla de porcelana, que yacía en la biblioteca.

La abuela ya nos había contado del regalo de casamiento de sus hermanas, una vajilla digna del emperador de china, con dragones y dibujos. “No la taquen porque se quiebran” repetía cada tanto por si algún curioso se atrevía. “Es porcelana china”. En otro lugar de la codiciada vitrina se acomodaban unas tras otras. las “copitas de anís”, ahí podes tomar lo que quieras, pero en casa eran copitas de anís, exclusivas para esa bebida y para ninguna otra. No hay explicación, es cuestión de fe, eran de anís y punto.

En la biblioteca (mezcla de mueble exhibidor, con estantes para libros, cosa rara.) había una puerta. Detrás de esa puerta, los libros. En su mayoría de mi abuelo. Muchos en alemán y otros de autores clásicos. Los tres lomos anchos del diccionario de la lengua española, atraían la mirada de cualquiera, eran gigantes.

Los sábados eran los días “del comedor” se repasaba una y otra vez los muebles, el piso, se colocaban dos sillas para sellar la única entrada. El sábado venía de visita la Tía Doris, la hermana de papá, la que tocaba el piano, la que era actriz de cine hasta que se casó y mi tío no la dejo más. El sábado era para y por ella. A las 5 de la tarde cuando sonaba el timbre y la tía dejaba su tapado de piel, sobre el sillón era la señal de que el comedor cobraba vida. El té en las tazas de porcelana, La bandeja plateada que resplandecía en la vitrina ahora estaba allí, sucia, llena de bombitas de crema y dulce de leche. Tirada sobre la mesa. Indignada. Vapuleada.

Creo que la prohibición provocó su inmediata reacción: el deseo por estar allí. Clandestinamente era una aventura. Pero los sábados me gustaba escuchar a la tía Doris. La que salió reina de la vendimia y no le dieron la corona porque no tenía manos de cosechadora (era pianista). La casada con el tío Eduardo que tenía la viña y la bodega. La que trabajó con Marcos Sucker. En fin, aunque tuviera que escuchar una y otra vez esas historias, estar en el lugar prohibido… era delicioso.


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