Todo tiene que ver con todo. Cada objeto, cada palabra, cada situación nos lleva directamente a algún lugar, a un recuerdo. Son viajes involuntarios al pasado, y el entramado de cosas vividas se va haciendo cada vez más enmarañado y rico en experiencias. Recuerdos vagos de aromas, sonidos, leche con Tody. Todo este prólogo para hablar de un triciclo. Si de un simple y tardió invento del hombre; la rueda y la polea se inventaron hace mucho, pero los triciclos aparecieron mucho después. El otro día vi a un pibe pasar al lado mío moviendo sus piernitas tratando de coordinar sus movimientos, y escuché ese ruido, ese ruido tan característico, como el de una puerta sin aceitar que se abre y se cierra, trajo a mi memoria esta historia. Ahora entiendo porque esa imagen de Kubrick en “El Resplandor” me causó tanto miedo en su momento. Esto que les voy a contar es también una historia de Baulera
Luján de Cuyo, algún día de verano del setenta y pico. La Juanita me llevó a la Casa Arteta a comprar vaya a saber que boludez para hacer otra más grande, caminábamos de la mano, no por mi tardío Edipo, sino simplemente porque ella sabía de mis ganas irrefrenables de cruzar corriendo la calle, que edad tan temeraria esa!!, hay que ponerle un límite, de ahí seguramente proviene esta historia. Estoy disperso. La Arteta era una especie de mercería y tienda, con maniquíes dignos de posar en el Museo de cera de Madame Touseau. Peinaditos y pintados bien blancos, ahora que lo pienso no vi ninguno negro. Compramos la boludez que había que comprar. Cuando volvimos le pedí volver por la vereda de enfrente, eso hicimos. Al llegar a la esquina de Azcuénaga y San Martín, la vieja se detuvo, me señaló una casa antigua.
- ¿Ves esta casa? Acá hace unos años, antes de que vos nacieras, pasó algo terrible, me dijo enigmática. La palabra “terrible” despertó en mis incipientes ganas de saber, una curiosidad pocas veces alcanzada
- ¿Por qué? ¿qué fue lo que pasó en esta casa? pregunté ansioso por más información
- Acá vivían los Catena, está casa en realidad es parte de una bodega, ahora ya no funciona, es que cuando pasó lo que pasó dejaron todo y se mudaron, ahora creo, está abandonada.
“Cuando pasó lo que pasó”, y dale con alimentar mis deseos que en ese entonces eran pocos y básicos, primitivos digamos, no tan sofisticados y caros como ahora. Sólo quería saber que fue lo que pasó cuando pasó lo que pasó. Los Catena tenían dos hijos chiquitos, uno debía tener mi edad y el otro un poco más, resulta que para navidad Papá Noel les trajo un triciclo a cada uno. El más chico era muy inquieto y andaba por toda la casa montado en sus tres ruedas, la madre no lo dejaba salir a la calle por eso tenía que andar esquivando sillas, muebles y abuelas. Un día al más grande se le ocurrió un juego: tenían que atravesar la puerta que daba de la cocina al patio, no era una tarea fácil, era digna de un acróbata, es que para salir al patio había que bajar tres altos escalones, el desnivel entre el adentro y el afuera era importante. El más grande tomó envión y salió disparado con su triciclo, las tiritas de colores de la cortina se abrieron antes de que pasara como si supieran que el golpe con el manubrio les iba a doler, atravesó la puerta y realizó una proeza perfecta al caer sobre el piso de baldosas rojas saltando por encima de los tres peldaños. El más chico, según mi mamá un rubio flaquito, no quiso quedarse atrás, tomó más distancia que su hermano y comenzó a pedalear frenéticamente hacia la puerta. Esta vez las tiritas de la cortina no se movieron, tal vez por fiaca o por alguna razón ajena a toda razón se quedaron quietas, la rueda delantera las atravesó como un cuchillo y ellas siguieron quietas, él sintió el vértigo del inminente salto, pero algo lo detuvo antes de tocar el piso, un par de malditas tiras se enroscaron en su cuello, sólo se escuchó el estruendo del triciclo estrellándose contra el piso. El pequeño quedó allí, colgando de un par de tiras, sus piecitos apenas podían tocar el piso. Debe haber sucedido rápido, tal vez ni siquiera se dio cuenta. Quizás aún sienta el placer de estar en el aire, volando. Siempre que pasé por enfrente de esa vieja casona me imagine ese fatídico momento, nunca lo borré de mi memoria, creía que ya lo había olvidado hasta que vaya a saber porque ese pibe en su triciclo en esa plaza lo trajo de vuelta, y no me quedó otra alternativa que contarlo. Es un cuento truculento, pero la vida es como un frasco de condimentos y aquella vez a Dios se le fue la mano con la sal.
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