Breve tratado sobre la indignidad

julio 16, 2015


Por alguna razón cada vez que veo este video me emociono. Es una pequeña parte de un gran trabajo que realizamos con un grupos de locos que un día nos lanzamos a hacer un programa de televisión, llamado Heterodoxia, donde se realizaban entrevistas profundas sobre temas determinados que permitían a los que participaron de él, hablar sobre temas universales, como la felicidad, la muerte, los celos, las mentiras, los secretos, la culpa, el trabajo, el desarraigo, la rutina, el amor, entre muchos otros.

Este video en particular, formaba parte de un informe que realizamos para dar pie al entrevistado a pensar sobre las ilusiones. Terminamos definiendo que lo haríamos con una familia de un lugar carenciado de Rosario. Y hasta allí nos dirigimos. Fuimos hasta un barrio de Rosario que se caracteriza por ser un asentamiento de familias de origen Toba.

Llegamos hasta allí, desplegamos los equipos, y me dispuse a entrevistar a una familia que había llegado desde el Chaco profundo, hasta la ciudad. Tenía una serie de preguntas preestablecidas para hacerles, esperando encontrarme con personas que deseaban salir de una situación de pobreza, para llegar a obtener una vida mejor. Confieso que estaba lleno de prejuicios respecto de ellos. Aún recuerdo que mientras caminábamos por los laberínticos pasillos de esa villa, el camarógrafo, dijo:

—Fijate que todo está muy limpio y ordenado, es pobre, pero es una “pobreza digna”.

Cuando terminamos de hacer nuestro trabajo, quedó resonando en mi cabeza aquella definición: “pobreza digna”.

Cada vez que veo el video, no puedo dejar de interpelarme sobre qué es ser pobre, y su contraparte, qué es ser rico.

A pesar de los años que transcurrieron -esta entrevista fue grabada en 2007- aún está fresco en mi memoria el aroma de las tortas cocinadas a leña, el ambiente lleno de música, de risas, de juegos. Llegué a la conclusión que pobreza y dignidad, son dos palabras que no pueden ir juntas. Había carencias, pero éramos nosotros quienes las veíamos, ellos no sentían que les faltara nada.

Sumergidos y acostumbrados a vivir en un mar de cosas materiales, para la mirada de quien no vive allí, las casas son pequeñas, no hay calles asfaltadas, autos lujosos, ni celulares caros a la vista. Pero ese sitio estaba lleno de esfuerzo, de ilusiones, de logros, de proyectos, de ganas, de alegría y sobre todo de dignidad.

Se puede vivir en una casa con todas las comodidades: plasmas, celulares, aire acondicionado, calefacción, placares llenos de ropa “que se usa”, adornos lujosos, e inútiles, que sólo sirven para impresionar al visitante de turno. En fin, lo que muchos de nosotros llamamos “tener una vida digna”. No quiero generalizar, se sabe que cuando una lo hace, termina por equivocarse siempre.

Se pueden tener muchas cosas, pero si faltan los sueños, los proyectos, las ganas de ser mejores personas, la voluntad de dar sin esperar recibir nada a cambio, los pobres, son quienes carecen de todo eso, y me incluyo, a veces me quejo por algo que quiero tener y no puedo.

Creo, y esto es una apreciación personal, que estamos acostumbramos a caratular la riqueza y la pobreza desde la óptica de aquello que se posee o falta, pero siempre desde el aspecto material. No hay pobreza digna, lo que si hay, es riqueza indigna. La dignidad es poseer valores, libertad, autonomía para tomar decisiones. Dignidad es dar gracias por tener lo que uno tiene. Indigno es aquel que se lamenta por querer tener más de lo que ya tiene, Indigno es el cobarde que no se anima. Indigno es el que vuela al ras del piso. Indigno es el que juzga sin conocer. En ese sentido la visita a esa familia me sirvió para llevarme una gran lección. Aclaro, hablo de mi, no puedo hablar por todos, sería absolutamente injusto hacerlo. Y totalmente indigno.
Andrés Petersen

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Cómo se gestó #NiUnaMenos, Twitter y esa maldita grieta que nos inventamos

junio 4, 2015

Ingresé al mundo de Twitter por primera vez en mayo de 2010, un poco por curiosidad, otro poco por necesidad, ya que me habían confinado a realizar reposo por varios días, y justo antes había comprado una netbook (en cinco años se convirtió en una antiguedad, pero otro día escribiré sobre eso). Durante esa semana se discutía en Argentina sobre el Matrimonio Igualitario, y como muchos, enseguida me enganché en el debate y hasta en los chistes que se hacían sobre las exposiciones que realizaba cada congresista sobre el tema.
No muchos lo utilizaban aún, y creo que muchos de los que lo hacían no tenían bien en claro el potencial de la herramienta que teníamos entre manos, todavía me quedan dudas que muchos sepan de que se trata, o sobre que uso darle.
Ayer sucedió un hecho inédito en Argentina, al menos para mi, ya había visto como varias marchas “a favor, o en contra de” se convocaban a través de la redes sociales. Nunca tomé en serio la “espontaneídad” que se adjudicaban los que llamaban a juntarse por tal o cual consigna. Hasta que por fin ayer pude seguir el hilo de la convocatoria contra la violencia de género.
Casi un mes atrás, luego de la muerte de Chiara Páez en Rufino, una usuaria de twitter se preguntaba si está vez no se alzaría ninguna voz ante lo que estaba ocurriendo, “Nos están matando” gritó en la red, y pude seguir paso a paso como se fue gestando una de las mayores convocatorias en contra de esta problemática.
Este es el tweet en cuetión:

Se puede seguir perfectamente cómo cada usuario/a fue aportando algo.
Primero hubo varias propuestas, que se realizara un difusión masiva, luego alguién propuso marchar, otro usuario propuso que las mujeres deberían ir vestidas de negro, que la marcha fuera encabezada por víctimas de violencia doméstica y muchas más.
Lo interesante es que se pudo observar cómo se fue el génesis de la convocatoria, hubo un primer tweet y a ese le siguieron miles, hasta que alguien propuso el hashtag #NiUnaMenos, luego se propuso el color, la fecha, el horario y los lugares de encuentro, después se sumaron dibujantes con distintos logos para identificar la marcha, hasta que por fin se hizo realidad.
Ayer pude palpar, mientras trabajaba, como los hechos se iban desencadenando, en la calle y en las redes. A algunos les parecía una marcha organizada por militantes de algún bando imaginario. Quedó claro que esa división, grieta o como gusten llamarla, es sólo otro fantasma instalado fruto del fanatismo extremo.
Cuando se trata de una causa justa, esa tan trillada grieta desaparece, se desvanece. Es que en el fondo nunca estuvimos separados, esa idea instalada de desunión, en realidad nunca existió. Se derrumbaron varios mitos, y eso está bueno. Siempre estuvimos juntos, quizás distanciados ideológicamente, pero cuando se trata de defendernos, ahí estamos, juntos, en la calle, bajo una misma consigna, para decir basta, para gritar nunca más, para decir Ni UNA MENOS.


Una historia real, mi humilde aporte a #NiUnaMenos

junio 3, 2015

Tenía que contarlo. Después de todo eran sus hermanas y la iban a entender. A diferencia de cualquier secreto este tenía fecha de vencimiento. Sólo era cuestión de tiempo para que todos lo supieran. Se levantó y se preparó un café. Observó como la taza temblaba al paso del tren. Ya estaba acostumbrada, había nacido y crecido en estaciones de trenes. Primero en Pacheco, despúes en Capilla del Señor, y ahora en Glew.
Era ahora o nunca. Entró a la habitación de sus hermanas. Encendió la luz. Manuela, Mary y Amalia, saltaron asustadas.
– ¿Qué pása Cocó?, ¿por qué prendes la luz? -dijo Manuela balbuceando- refregándose los ojos que le dolían por el resplandor.
– Necesito contarles algo -dijo Cocó con voz tenue-. Se sentó en la cama.
Tenía los ojos llorosos, no dejaba de estirarse la pollera con sus manos. Se la veía pálida.
Mary encendió su velador, se sentó a su lado. Cocó rompió en llanto. Sus tres hermanas saltaron como resortes de la cama.
– ¿Pero qué es lo te pasa chiquita? -dijo Amalia, la mayor-. ¿Por qué estas llorando? vamos… decinos que pasa.
Cocó respiró hondo y dijo:
– Estoy embarazada.
– ¡Lo sabía!, ¡lo sabía! por eso estas tan rara -dijo Manuela en tono de reproche-.
Mary entreabrió la boca, y se quedó en silencio. Amalia la tomó de las manos.
– Bueno, me asustaste. Pensé que era algo grave.
– ¿Cómo que no es grave? -dijo Manuela–. Es soltera, tiene 17 años. Papá la va a matar.
Mary tomó el rosario de su mesa de luz y comenzó a rezar. Amalia se lo arrancó de las manos.
– Rezando no hacemos nada, hay que decírselo a mamá y a papá. Lo hecho, hecho está -dijo Amalia- y rodeó con sus brazos a Cocó que no paraba de llorar.
– Tranquila, tranquila te vamos a ayudar-. No tenemos mucho tiempo tenemos que contarlo.
– Pero… pero… no podemos -dijo Mary casi en trance-.
– ¡Silencio! -dijo Amalia-. Claro que podemos, es más, hoy mismo se lo vamos a contar.
– No por favor, hoy no, no estoy preparada, mañana , otro día, pero por favor, hoy no.
– Si Cocó, será hoy -dijo Amalia decidida-.
Ese mediodía su padre entró a la casa, dejó la gorra en el perchero y se sentó a la mesa. José Corsiglia era el jefe de la estación de Glew. Un hombre rudo y con mucha autoridad. En esos tiempos (1927), el intendente, el cura, el comisario y el jefe de estación eran las personas más influyentes de cualquier pueblo.
-¿Y Angela, qué hizo hoy de comer?
– Tallarines -respondió su mujer-.
Las hermanas se sentaron a la mesa, estaban mudas y con la mirada clavada en el plato. Las cuatro hacían rulitos con los tallarines y el tenedor, pero ninguna se lo llevaba a la boca. Parecía una coreografía perfectamente ensayada.
– ¿Y a ustedes que les pasa que están tan calladas y no comen? -preguntó el padre-.
– Papá, tenemos que contarle algo -dijo Amalia-.
Cocó rompió en llanto. Mary comenzó a rezar en voz baja, y Manuela se llevó una buena porción de tallarines a la boca que casi la ahogan.
– Bueno hable -dijo José-.
– Es Cocó, está… está embarazada -dijo Amalia-.
José bajó la mirada y comenzó a comer, no dijo una sola palabra, Angela trató de hablar pero él la miro fijamente y ella desistió. Comieron en absoluto silencio. El se levantó, tomó su gorra y antes de abrir la puerta se dirigió a su hija menor.
– ¿Y ese don nadie de Germán que piensa hacer? Cocó tenía la vista fija en el plato.
– Míreme cuando le hablo ¡carajo! -dijo el padre levantando la voz-.
– Nos vamos a casar, papá. -dijo Cocó entre lágrimas-.
– Muy bien, a la tarde iremos a lo del padre Domiciano.
La Iglesia estaba repleta, la orden de José había sido terminante:
– Angela, quiero que todo el pueblo este en esa iglesia.
Y así fue. Todos esperaban ansiosos la entrada de la novia. Germán, el futuro marido, se refregaba las manos al pie del altar.
Angela y los demás parientes estaban en primera fila. De repente el “Ave María” cantado por el coro comenzó a sonar, Cocó entró despacio flanqueada por sus cuatro hermanas. Se la veía feliz, llevaba la cabeza en alto. Tenía la mirada fija en Germán.
Un murmullo se extendió por toda la iglesia como un tsunami de voces. Cocó estaba abstraída de todo. A medida que avanzaba las mujeres en sus asientos se llevaban la mano a la boca. Las miradas iban de la novia, al jefe de estación, y de nuevo a la novia. La orden del padre Domiciano había sido cumplida.
– La caso, pero no de blanco-. Había dicho el párroco.
Fue así como la pequeña Cocó entró con su ramo sin flores, sólo hojas de laurel, para que hicieran juego con el vestido. Un vestido verde, y no precisamente un verde pastel. A nadie le quedaron dudas de lo que ocurría.
Ella entró radiante y feliz, le dedicó una sonrisa a todos y se casó. Si. Se casó de verde. Pero como le dijo su hermana Amalia, el verde era la esperanza y lo que digan o piensen los demás, no hay que darle mayor importancia. Y eso fue lo que hizo.


El día que intenté engañar al emporio de fabricantes de figuritas

abril 25, 2015

La tengo, la tengo, la tengo, no la tengo, la tengo, la tengo, no la tengo. Mantras infantiles que se repetían en todos los recreos. Y así iban pasando las figuritas hasta terminar el fajo que llevaba en el bolsillo del guardapolvos, debidamente atado con una gomita elástica. Luego comenzaban las negociaciones por la que no tenía. La cantidad a pagar por la que me faltaba dependía del conocimiento que tenía el poseedor de la misma sobre mi álbum. Generalmente si era de la otra cuadra, podía costarme menos, pero si se trataba de negociar con alguno de mis compañeros de juegos, la cosa se ponía más dura. Él sabía cuantas me faltaban y eso endurecía las cosas, porque estaba en juego no sólo quien tenía más, sino quien llenaba el álbum primero. El génesis del honor, el orgullo y la competencia.

“La que no se consigue” era la meta. Cada paquetito que compraba lo besaba, y lo abría como en un ritual. “Tiene que estar”, me repetía. Pero no… no estaba. Y así era como alimentábamos las arcas del kiosquito de Don Antonio. El razonamiento era simple, sino estaba en este, estaba en el que seguía, y eso que Don Antonio nos dejaba revolver antes de sacarlos. Volver a casa corriendo, pedir más plata y otra vez… no está.

¿Jugarlas?, ni en pedo. Salvo que el contrincante fuera fácil, pero no me gustaba perderlas, prefería acaparar y tener varios fajos en el bolsillo, aunque eso tentara a los demás a desafiarme,  no me importaba, prefería tener muchas para cuando apareciera alguien con “la que no se consigue”.

Una vez, en la colección “Mundo Natural”, la difícil era la tarántula. Mientras la maestra enseñaba la orografía de no se que lugar, me puse a pintar con una fibra una de la figuritas, un mosquito. Cuando se la mostré al cabezón Lezcano, me dijo:
-“¡Uh! se parece a la tarántula!.
Ese fue el detonante para tramar un truculento fraude contra el emporio de los fabricantes de figuritas. Bien lo valía, el premio era un fútbol Nº 5. Si bien yo ya tenía, no había cómo el que te ganabas llenando un álbum. Así fue como llegué a casa y le di los últimos retoques al mosquito devenido en tarántula, lo pegué desparejo para ocultar evidencias circunstanciales que me incriminaran, y se lo llevé a Don Antonio. El viejo lo revisó hoja por hoja y me dijo:

-Bien hecho pibe, lo llenaste.

Ansiosamente esperé la llegada del premio. Lo tenía que ir a buscar una semana después. Ese día, subí despacio los tres los escalones de madera que el kiosquero había diseñado para que, los más petisos como yo, alcanzáramos la ventana.
– ¿Llegó mi premio?.
– Sí -asintió con la cabeza Don Antonio-. Me devolvió el álbum. Para mi sorpresa estaba todo tachado, hoja por hoja, figurita por figurita, y con una leyenda que decía: “La número 114 está falsificada”.

Mi primer acto delictivo había sido un fracaso, tenía que volver a empezar. Compré otro álbum. Mi stock me permitió llenarlo rápidamente, pero el espacio 114 seguía vacío. Una sola, una sola y ya estaba, pero no aparecía. Hasta que cierto día debajo del eucaliptus gigante del colegio, se me acercó un chico de otro grado y me dijo:
-¿Che, a vos te falta la tarántula? te la cambio. A mi me salió dos veces en el mismo paquete.
No podía creer lo que escuchaba. Traté de ocultar mi ansiedad para no despertar la avaricia en el otro. Me hice el indiferente.

-¿Por cuántas?

-Por una, la que me falta.

-¿Y cuál te falta?.

-El mosquito.

-Te veo en el otro recreo.

Corrí hacia el baño a repasar fajo por fajo, pero no, el único mosquito que tenía lo había arruinado pintándolo como una tarántula. De nada me servían las casi doscientas figuritas que tenía si él sólo quería el mosquito. Fui hasta el grado y pregunté en voz alta si alguien la tenía, pero todos dijeron que no. De vuelta en el patio le pregunté a cuanto pibe se me cruzaba y la respuesta era la misma, “al mosquito lo cambié, es resalidora”.

Sólo me quedaban unas monedas en el bolsillo del guardapolvos, las suficientes como para comprar un paquete. Uno sólo. Las posibilidades de que me saliera el mosquito eran remotas, aunque fuera una de las más salidoras. Subí despacio los escalones hasta la ventana, toqué el timbre. Don Antonio me miró con cara de malo, y me dijo:
-¿No me traerás otro álbum falsificado?.
– No, sólo quiero un paquetito de “Mundo Natural”, pero déjeme revolverlas-. El viejo se sonrió.

-Sólo me queda uno sólo en la caja.

Dudé por un momento si lo compraba o no, mejor me iba hasta la otra cuadra, seguro allí tendrían más para poder elegir, pero impulsivamente le dije: “démelo”. Cuando lo tuve entre mis manos lo besé como era habitual, lo sacudí como para asegurarme que no rompería ninguna. En mi mente sólo me repetía: “Que salga el mosquito, que salga el mosquito”. Lo abrí despacio, las miré una por una, y cuando llegué a la última, ahí estaba, peluda, con sus ocho ojos mirándome. La tarántula.

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De ninjas, huellas digitales y la inconveniencia de no truncar las fantasías

marzo 31, 2015

WP_20150307_011Lo escuché subir las escaleras marcando fuerte cada paso, es su manera de avisar que viene. Nunca establecimos ninguna convención al respecto. Pero sabe que estoy trabajando, y que hay veces que cuando entra sin darme cuenta, me sobresalto.
– ¡Mirá lo que tengo! -me dijo mientras me mostraba unos guantes raídos y con la punta de los dedos cortados- son guantes de “Ninja”.
– ¿Guantes de ninja? pero los ninjas nunca usarían guantes con la punta de los dedos cortadas, usan guantes enteros porque así no dejarían sus huellas digitales marcadas en todo lo que tocan, si lo hacen, podrían ser descubiertos.
Por la manera en que sus ojos me miraban, me di cuenta de que había dicho algo que no sabía.
– ¿Cómo huellas digitales?. ¿Qué son las huellas digitales?
Encendí la luz del velador y estiré mi mano.
– ¿Ves esas marquitas que tengo en la punta de los dedos?, bueno, ese “caminito” que da vueltas y vueltas, son huellas digitales y si vos tocás algo -sin guantes- quedan marcadas. Después viene un detective con una lupa y las busca, y si encuentra una, te pueden atrapar.
– Pero con mi amigo tenemos las mismas marcas, yo las vi. Me dijo desafiante-.
– No Nacho, todas las personas del mundo tenemos huellas diferentes, a simple vista pueden parecerse pero si las miras bien, hay un “rulito” que va para un lado, y en otras personas ese “rulito” no está, o da una vuelta más. Es así como la policía encuentra a los ladrones, para eso sirven las huellas digitales.
Por la expresión en su cara, noté que no había sido muy convincente en mi explicación. Necesitaba otra manera de demostrarle que hay algo único en cada uno de nosotros que nos hace diferentes de los demás. Saqué mi documento.
– ¿Ves esa mancha acá al costado? Cuando cada persona va a sacarse el documento, hay una señor que te pone tinta en la punta del dedo y te hace apoyarla en un papel, así es como queda marcada la huella digital. Después, si yo me convierto en un ladrón, me pueden descubrir por esta marca. Por eso los ninjas usan guantes enteros, para no dejar ningún rastro.
– ¿Entonces estos guantes no sirven para ser ninja? -me dijo con tono de desilusión-.
– Si, sirven, pero tenés que tratar de no tocar nada. Pero no te preocupes, ahora la policía tiene otras maneras de identificar a las personas.
– ¿Cómo otras maneras de identificar a las personas? ¿Qué otras maneras hay?
– Bueno hay varias cosas que son únicas e irrepetibles en cada uno de nosotros, por ejemplo el ADN o el iris de los ojos.
Cuando terminé la oración, sentí que sus preguntas me habían llevado a un lugar de donde me resultaría muy difícil salir airoso. Es gratificante saciar la curiosidad de un nene de seis años, pero no todo es tan fácil de explicar. Tuve que admitir mi derrota y decirle que esos guantes eran perfectos para ser un ninja.
Si bien todo tiene una explicación, es necesario atravesar ese mundo donde todo es posible. La fantasía es un lugar donde las explicaciones no tienen sentido, todo es certeza. Ya vendrán las dudas y los cuestionamientos, ahora es tiempo de jugar. Hoy intenté enseñarle algo a él y terminé aprendiendo algo yo: no es conveniente truncar la fantasía, hay que dejarla fluir. Game over.


Crónica: “Rosario, la otra ciudad de Dios”

noviembre 25, 2014

jere,mono y patom

Recostada sobre el río Paraná que acaricia sus costas, la vista desde las islas es majestuosa, edificios que se elevan por doquier esconden una realidad dolorosa, una guerra se libra en sus calles a cualquier hora y en cualquier lugar, sea el centro o la periferia, una batalla entre bandas de narcotraficantes que, como jugadores de TEG en un tablero de tamaño real, luchan por ocupar territorios a pura bala y sangre. Eduardo Trasante perdió dos hijos adolescentes en dos años en esta espiral de violencia sin sentido en que se sumergió la ciudad.

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Rubén, Ángel o Jonatan llegó en una moto sin patente como recién comprada mirando para todo lados, como Matt Damon en su personaje de Jason Bourne, expectante, atento y nervioso, como ese espía de élite de la CIA que sufre de amnesia luego de una operación secreta a quienes mercenarios están dispuestos a matar en cualquier momento. Pero no está en Moscú, ni en Viena ni en París, es la esquina de bulevar Seguí y Moreno en los comienzos de la caliente zona sur de Rosario. En un gesto repetitivo se toca la nariz a cada instante; sabe que está ahí para hablar de “Los pibes”, de Patóm, Jere y Mono y no para entregar ningún mensaje secreto a nadie.

-Los verdes están por todos lados, está jodido ahora, no me puedo quedar mucho, en un rato tengo que llevarle un pedido a unos clientes y estar con “esto” encima no conviene – dice mientras mira sobre su hombro.

Con los verdes se refiere a los efectivos de Gendarmería que desde abril desembarcaron en la ciudad en la mayor operación antinarco de la cual el país tenga memoria y el “pedido” son unas bochitas de nylon negras atadas apenas con un hilo de coser que en un gesto temerario muestra como asoman del bolsillo de su campera.

-Los pibes se comieron un garrón, no tenían nada que ver, estaban en la canchita tomando un porrón y los hijos de puta de la gente del “Quemado” los cagaron a tiros sin saber quienes eran, yo estaba enfrente, de caravana con otros pibes del barrio y los vi como se bajaban del auto con linternas y preguntaban por el Ezequiel, escuché que se puteaban, creo que era la voz del Jere que no le tenía miedo a nada ese pibe y al toque se escucharon los tiros, nosotros nos fuimos a la mierda cuando todas la viejas del barrio salieron enseguida a los gritos.

Se ríe sin mostrar los dientes y cuando por fin lo hace le quedan unos pocos y los que tiene están amarillos, parece tener 40 años pero apenas es un chico de 20. Rubén, Ángel o Jonatan es uno de los tantos “soldaditos” que ahora cambiaron su modalidad de venta y llevan la droga a domicilio, se presentó como Rubén, pero una chica que pasó lo saludó y le dijo Ángel y al rato desde una moto le gritaron Jonatan y él levantó la mano. No importa como se llame, como Bourne el tiene varias identidades, o tal vez ya la perdió, seguramente su madre si lo sabe perfectamente, pero a él le da igual como lo llamen, es parte de algo más grande y eso lo hace sentir importante.

Se comporta como el dueño del negocio, como una mala versión del “Patrón del Mal” dispuesto a matar a la abuelita de sus enemigos y si ya está muerta, desenterrarla y volverla a matar si es necesario. Pero apenas es el último eslabón de una larga cadena perfectamente organizada, seguramente antes custodiaba unos de los tantos puntos de venta de drogas en la Villa Moreno, pero ahora, con la saturación policial y la presencia de los gendarmes, se mueve por la ciudad en una moto haciendo “delivery” de cocaína. Ya no es seguro un lugar fijo por eso esta siempre en movimiento. Su celular suena y se levanta rápido – me tengo que ir – dice, y parte por Moreno rumbo al centro.

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Rosario, a diferencia de otras ciudades del país, no puede mostrar un fundador ni un acta fundacional, emergió a principios del siglo XVII como un montón de casas alrededor de una iglesia, nació espontáneamente quizás porque estaba a la vera del Camino Real que comunicaba Buenos Aires con Asunción del Paraguay; oleadas de inmigrantes europeos primero, de países vecinos después y luego de compatriotas de otras provincias hizo que creciera espasmódicamente hasta convertirse en la segunda ciudad de la Argentina, luego relegada por Córdoba al tercer lugar. Quizás este sea el motivo de su caótico crecimiento. La ciudad de los bulevares es hermosa, Oroño y sus casas señoriales, Pellegrini inundada de restaurantes y cafés, Francia que desemboca en el mítico barrio de Pichincha, cuna del Negro Olmedo, centro de la otrora Rosario prostibularia de los años 30, colmado ahora de casas de ventas de exquisitas antigüedades; el bulevar Rondeau que atraviesa el norte de la ciudad, Avellaneda, que entre otros barrios, serpentea por Arroyito donde la cancha de Central es la joya de la corona.

Décadas atrás cualquier maestra del país cuando desplegaba un mapa en un pizarrón colocaba su puntero justo donde empezaba el taco de “la bota” para señalar uno de los polos industriales más desarrollados del país. Aún lo sigue siendo, aunque los vaivenes económicos de los últimos años la golpearon fuerte y dejaron un rastro de galpones vacíos como esqueletos esparcidos donde antes supo haber fábricas que bullían de vida y de trabajo.

Ciudad de comienzos. Los rosarinos se enorgullecen de vivir en la tierra que vió por primera vez erigirse sobre la ribera del río la bandera nacional, pero también aquí estallaron los primeros saqueos que luego se extendieron  por el país en 1989 cuando el gobierno de Raúl Alfonsín agonizaba. En un barrio común de esta metrópolis ocurrió la primera muerte por un linchamiento que luego se repitieron en otras ciudades pero sin llegar al punto trágico que desembocó en Rosario. Ahora ve con estupor como en sus calles se libra la primer guerra entre bandas de narcotraficantes que la catapultó a la primera plana de los diarios y es la comidilla de los noticieros cada vez más amarillistas que inundan la pantalla de los televisores.

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Eduardo Trasante llega puntual a su cita en un café de la esquina de bulevar Oroño y bulevar Seguí para dar testimonio de su historia, prolijamente peinado se presenta como pastor evangélico aunque todos en la ciudad lo conocen como el papá de Jeremías y Jairo, dos adolescentes que fueron víctimas de la violencia que azota como un viento implacable que parece no terminar nunca. De hablar pausado y utilizando un lenguaje protocolar relata su historia, no sin antes tomar un sorbo de un cortado en jarrita que tiembla imperceptiblemente en su mano.  Al contrario de Rosario, Eduardo si puede establecer con exactitud sus orígenes, nació hace 48 años en la zona sur de la ciudad en Berutti y Gaboto en pleno barrio La Tablada, hoy una de las zonas más bravas en cuanto a la violencia desatada. Cuenta que siendo jefe de personal de una tienda muy conocida de ropa que hoy, como tantos otros prósperos lugares, ya no existe, escuchó el llamado de Dios y dedicó su vida por entero a la obra del señor, – la mejor empresa del mundo- dice. Sabe que está allí sentado para hablar de sus hijos; aunque su tono de voz no lo delata, sus ojos se humedecen cuando recuerda aquella fatídica noche de año nuevo de 2012 cuando su hijo Jeremías fue asesinado junto a dos amigos a 50 metros de su casa. La masacre, conocida como el “Triple crimen de Villa Moreno”, es el preludio de la lucha que luego se desató y que dejó una estela de muerte, sangre y dolor en una ciudad que aún no puede asimilar que es el campo de batalla de una guerra atroz que la golpea casi a diario sin la posibilidad de una tregua, de un respiro para entender por qué acá, por qué Rosario, por qué tanta violencia

La muerte no llegó de golpe, en la ciudad ya se vivía un clima enrarecido pero la brutalidad del crimen de Jeremías, de Patón y el Mono no dejó lugar a dudas que algo malo estaba sucediendo y que este tremendo hecho era tan sólo el comienzo, la punta del iceberg.

“Uno ve las noticias desde afuera hasta que uno se convierte en la noticia” – comienza Eduardo su relato mientras tres patrullas de policía pasan a toda velocidad por Oroño y doblan por Seguí – como una paradoja del destino lo que Trasante va a relatar tiene sirenas de fondo. “Festejamos la llegada del año nuevo en familia y nos fuimos a dormir temprano, eran la 4:05 cuando un vecino golpea la puerta de mi casa y me dice que algo terrible sucedió en la canchita de fútbol, salí con la ropa de dormir y apenas llegué encontré a mi hijo tirado entre un banco y el alambrado, al lado de él estaba Adrián, “El Patom”, tomé a mi hijo y sentí que temblaba, a lo lejos podía escuchar los gritos de la gente que comenzaba a juntarse, cuando levanté la vista vi a unos 30 metros en una zanja el cuerpo de Claudio, “El Mono” y a sus padres gritando”- hace una pausa, su voz se quiebra por primera vez y llora sin disimulo, saca un pañuelo azul y blanco y seca las lágrimas que estaba conteniendo hasta ese momento. “La policía llegó enseguida, subimos a los chicos en la parte de atrás de la camioneta y fuimos hasta el Hospital de Emergencias, no vi en el cuerpito de Jeremías ni balazos ni sangre, éramos unas 50 o 60 personas las que colmábamos los pasillos, con las otras dos familias comenzamos a rezar y luego nos separamos; a la hora un médico llama a la familia Suárez, los padres de Claudio, todos hicimos silencio tratando de escuchar, vi que su papá caí al suelo, ahí me di cuenta que el Mono había muerto” – vuelve a quebrarse y esta vez hace un silencio más largo, se lleva las manos a los ojos, bebe un sorbo de su cortado ya casi frío y continúa – “Al rato otro médico llama a la familia Rodríguez, otra vez el silencio y la ansiedad, escucho al papá de “El Patóm” que emite una especie de aullido como de lobo, no hacía falta que nadie nos dijera que Adrián también se había ido; mi señora Alejandra, me agarra la mano y me dice que le prometa que Jeremías va a estar bien, pero enseguida escucho mi apellido, tuve la sensación de que nunca iba a llegar a esa puerta, sentía que en vez de caminar hacia adelante lo hacía para atrás, ahí me dicen que Jeremías había muerto antes de llegar al hospital, las palabras del doctor se mezclaban con la palabra ‘paz’ que resonaba una y otra vez en mi cabeza”

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Sicarios, traiciones, venganzas, disputas entre clanes rivales convirtieron la ciudad en un infierno de balas y muerte. Es imposible establecer con certeza cuándo comenzó y el por qué, pero ya a mediados de los ‘90 la banda de “Los Monos” se enfrentó  con “Los Garompas” por el control de la droga en la zona sur de la ciudad; vencieron los simios y el clan Cantero se adueñó del negocio.  La desigualdad social que se acrecentó durante la crisis del 2001 dejó a miles de excluidos y ese fue el caldo de cultivo de una nueva modalidad de venta, si bien drogas como la cocaína son consumidas por gente de mayores recursos, la colonización de las villas por las bandas narcos y el reclutamiento de adolescentes para su comercialización y vigilancia de los lugares de venta fue la modalidad elegida por los zares de la droga. El plan era simple: convencer a adolescentes vulnerables e inimputables para que ingresaran al oscuro mundo de la adicciones a cambio de vender al menudeo o de custodiar a los que vendían, así nacieron los “soldaditos”, cuando estos pibes comenzaron a consumir la rueda se echó a andar, debían cumplir las órdenes emanadas del alto mando de las mafias a cambio de sus dosis diarias, muchas veces se quedaban con parte del dinero de las ventas o consumían lo que debían vender y  la sentencia por eso es la muerte. Ante este panorama muchos comenzaron a robar para poder devolver lo que se habían gastado, un círculo vicioso imparable; un problema que se acrecentó a una escala jamás imaginada. La connivencia policial, judicial y política que los dirigentes de turno no supieron o no quisieron frenar potenció el problema. El fósforo se había acercado demasiado a la pólvora y cuando menos se lo esperaban los habitantes de Rosario se encontraron inmersos en una espiral de violencia que parece no tener fin.

Jeremías, Patóm y el Mono, adolescentes que vivían dentro de una villa, murieron a causa de esta maniobra de utilización sistemática de los más débiles; estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado; muy cerca de donde fueron acribillados, el hijo de un lugarteniente de la banda de Los Monos fue baleado en su auto por los dueños de un punto de venta que era conocido por todos, sus amigos fueron hasta la Villa Moreno a cobrar venganza y fue allí donde asesinan a los tres jóvenes creyendo que eran los que habían cometido el ataque. Su muerte no fue en vano hizo visible lo invisible, colocó la problemática del ingreso de la droga en las villas en la tapa de los diarios, algo que ya se sabía desde hacía tiempo, era común ver autos de alta gama ingresando a las zonas más carenciadas y saliendo raudamente, era un secreto a voces, pero la brutalidad del asesinato y el hecho de que fueran militantes del movimiento popular “Darío Santillán” puso a la comunidad en un estado de movilización permanente y cuya cara visible es precisamente Eduardo Trasante que comenzó organizando una marcha por mes, luego dos, y hasta cuatro, en reclamo de justicia. De lo que antes no se hablaba ahora era tapa de diarios y de análisis de  periodistas de pseudos programas de investigación que tenían al fin un tema para hablar, para analizar, para estigmatizar. Palabras como “Los zombies” o “Los mutantes” comenzaron a ser parte de la jerga cruel de los hipócritas que vieron en esos jóvenes cooptados por un poder del que no podían escapar, el origen de todos los problemas delictivos que comenzaron a azotar la ciudad  y todas las miradas apuntaban al mismo lugar: las villas miserias.

Reducir todo a una causa, simplificar los casos a un puñado de factores no ha servido de nada, o mejor dicho a servido para criminalizar la pobreza y evitar interrogarse ¿Qué historia hay detrás de ese pibe que delinque? ¿Cuánto juega el poder tremendo de una adicción en sus actos? ¿El miedo al jefe que lo reclutó para vender drogas, no puede inducir una conducta delictiva? ¿Cómo logramos recuperar a esos chicos desangelados y les brindamos un futuro que vaya más allá de preguntarse cómo consigo dinero para consumir mañana?

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“Cidade de Deus”, una película brasilera basada en hechos reales, relata  lo que sucede con los jóvenes más vulnerables, el narcotráfico se instaló en las favelas entre los años setenta y ochenta y utilizó a los más desprotegidos para que realizaran el trabajo sucio y dio comienzo a  una guerra que aterrorizó a Río de Janeiro. También cuenta la historia de esos jóvenes que delinquen por drogas, de cómo la cultura de la muerte se instala y se hace fuerte. Cualquier similitud con lo que ocurre hoy en la ciudad de Rosario no es mera coincidencia. Tanta muerte podría haber sido prevenida, se podría haber hecho algo desde el Estado para aprender como los tentáculos del narcotráfico terminan atrapando siempre a los más débiles, Hoy, luchar contra el narcotráfico es luchar contra Hidra, ese ser mitológico griego con varias cabezas de serpientes que cada vez que Ulises lograba cortarle una, en su lugar crecían dos.

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La Villa Moreno se encuentra en el sur de la ciudad, Eduardo Trasante hace cinco años consiguió una de las casas que se entregaron a través de la cooperativa policial, es imposible no ubicarla, esta pintada de color fucsia por fuera y se destaca de las demás, a pocos metros de ahí comienza la verdadera Villa, con viviendas más precarias y pasillos angostos y estrechos que se transforman en un laberinto. Está cómodo en el living de su vivienda, una casa simple, con paredes de ladrillos a la vista, austera pero prolija, un amplio comedor decorado con un cuadro de Jesús y sillones negros, una mesa, sillas y un pequeño aire acondicionado que aplaca el calor de un octubre inusualmente caluroso. En el descanso de la escalera hay tres fotografías, la de Alejandra, su esposa, la de Jeremías que mira desde esa pared con un gesto serio y un poco más abajo la foto de Jairo con una sonrisa que ilumina. Mientras prepara un improvisado desayuno con pan dulce en trozos y un mate con un termo colorado que tiene una leyenda que reza: ”Ministerio de Dios” comienza a hablar de Alejandra: “Mi esposa era trasplantada hepática desde 2006, el golpe por la muerte de Jeremías le pegó muy duro, se descuidó, dejó de tomar la medicación, y poco a poco, una mujer que había dedicado gran parte de su vida a servir a los demás, se fue apagando, murió casi un año después de Jere, en febrero de 2013. Creo que la venció la tristeza, Jere no era el preferido de sus hijos, ella quería a todos por igual pero sentía que debía cuidarlo como a una copita de cristal, algo adentro le indicaba que corría un riesgo”

Hace una pausa y mira la tres fotografías, señala la de Jairo y enseguida comienza a describirlo: “Tenía una sonrisa enorme, como ahí en la foto, ese era su gesto permanente, era muy maduro, tenía la misma edad que Jere cuando falleció, 17 años; era todo un poeta, le gustaba mucho escribir, siempre tenía la palabra justa, el consejo indicado, era el conciliador cuando entre sus hermanos comenzaban a discutir. Salió de casa un sábado a bailar, a diferencia de su hermano, el era muy selectivo a la hora de elegir a sus amigos, tenía un buen grupo y  la noche del sábado 1 de febrero de 2014 fueron a divertirse a un boliche del centro. A las 6 de la mañana suena mi teléfono y uno de sus amigos me pide que vaya urgente al Hospital de Emergencias, me dice que había ocurrido un accidente y que Jairo estaba ahí. Oré durante todo el camino, cuando llegué me dijeron que había muerto, una pelea dentro del boliche por una chica había terminado en la vereda, cuando Jairo y otro amigo se fueron en una moto, un auto los persiguió, le dieron dos disparos en el abdomen y no resistió. Cuando escuché que Jairo se había ido quedé en silencio, como anestesiado. Le pregunté a Dios como seguir, y otra vez escuché en mi mente una palabra: ‘fortaleza’. El día que lo velamos coincidió con la marcha de las cruces blancas, antes de llevarlo al cementerio me acerqué a Tribunales a acompañar a otros familiares de víctimas de la violencia que organizaron la manifestación, habían cientos de cruces en la vereda del edificio uno por cada víctima, estaba una con el nombre de Jeremías y al lado otra con el nombre de Jairo, fue un momento desgarrador para mí, dos cruces, dos hijos, dos vidas truncadas, tres ausencias en casa

Trae una agenda y saca un papel cuidadosamente doblado, “Esto escribió Jairo a las seis de tarde de ese sábado en que decidió ir a bailar, lo colgó en su muro de facebook, increíblemente parece una despedida, comienza a leer de manera entrecortada por el llanto que quiere asomar y el contiene, ya ha llorado demasiado.

Cuando termina, agacha la cabeza y enseguida comienza a relatar su actividad pastoral: “Soy hace 17 años capellán en la Alcaidía de Rosario, un día fui a realizar mis actividades habituales y me encontré con un pibe al que le estaban cortando el pelo, saludo y sigo caminando, escucho que me llaman, doy la vuelta y el chico a que estaba en la peluquería me dice:

– Usted no sabe quien soy yo, pero yo si lo conozco, soy Gerardo, me dicen “El Jeta”. Enseguida supe quien era, es uno de los detenidos por el crimen de Jeremías, lo miré fijamente, dentro mío pensé si él fue quien empuñó el arma que acabó con la vida de mi hijo, pero enseguida disipé ese pensamiento y me arrodille a su lado”.

Se ceba otro mate y su mirada se queda fija en algún punto de la pared. “Lo primero que hice fue saludarlo, el chico enseguida empezó a llorar, me puse de pie y lo abracé, le dije que su tiempo aquí le iba a servir para pensar en cómo seguiría su vida, el lloraba mucho y me salió recitarle algo de la biblia: ‘Al que muchos pecados se le perdonan, mucho amor demuestra’ en ese momento sentí amor por el asesino de mi hijo. Confieso que hubo una batalla entre mis pensamientos y mis sentimientos, pero soy un hombre de Dios y debo preservar mi corazón, no permití jamás que me invadiera ningún sentimiento negativo como el rencor o la venganza. Simplemente me quedé por un rato abrazado a él y luego me retiré.

A los pocos meses voy a trabajar nuevamente a la Alcaidía y me avisan que en el pabellón donde vamos a trabajar con los internos esta Brian, otro de los chicos sindicados en el asesinato de Jere, me preguntaron si quería verlo, les dije que no, que esperaba que el solo se acercara, pasaron unas tres semanas, hasta que un día vino y me preguntó:

-¿Trasante por qué hace esto de venir acá todas las semanas?

-Es mi trabajo, amo a Dios y llevó su palabra donde la necesitan.

-¿Por qué habla conmigo?

-Porque tengo la esperanza de que mis palabras te cambien

-¿Sabe que algunos no vamos a cambiar nunca más?

“Eso me conmovió, apenas tiene 22 años y ya se dio por vencido, lo abracé a través de las rejas y él me abrazó con más fuerza, empezó a llorar y a caerse, hasta que quedó en el piso, yo también me senté y seguimos por un rato abrazados, desde ese día viene siempre a las reuniones, nunca le pregunté nada sobre el crimen, él niega haber participado, pero eso no lo decido yo, eso lo decidirá la justicia”.

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Los rosarinos siguen orgullosos de su ciudad a pesar de las pérdidas, como Eduardo Trasante decidieron seguir adelante y no detenerse, están dispuestos a erradicar de sus calles la violencia, ansían vivir en paz; saben que es una cuestión numérica, aquí  los buenos son muchos más que los malos y tienen la esperanza intacta de que en esta batalla tienen todas las de ganar. Sólo se permiten una rivalidad: ser hinchas de Newell’s Olds Boys y Rosario Central, durante esos 90 minutos la ciudad se divide en dos, pero cuando el partido termina vuelven a ser un bloque que no dejará que la oscuridad opaque la luz. Sólo es cuestión de tiempo y de buenas políticas públicas para que esta ola de muerte llegue a su fin.

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“Yo quisiera saber hoy en día como terminaría mi historia, si cada vida es un cuento con principio y fin, todos venimos de un mismo lugar y todos dormiremos dentro de un cajón… Porque quisiera que llegue el futuro, porque quisiera ver  a la gente cómo sigue cambiando, porque quisiera que las personas cambiaran, porque quisiera que en esta vida todo sea final feliz, porque en esta vida si no tenés errores no vivís, porque de esta vida no nos llevamos nada, porque de esta vida solo aprendemos de quien respeta, de quien te acompaña, de quien te traiciona, de quien te quiere, y de quien te cuida. Solamente hay un Dios que sabe eso… cómo quisiera que el futuro llegue y el presente cambiase a una normalidad y a una vida diferente. Porque el dolor existe y aún persigue, porque el dolor lo aguanto y aún rebalso un balde de lágrimas por familiares y amigos que se fueron. Porque aún sufrir y llorar queda por demás, y aún amar, pensar y reaccionar queda y falta por ganar. ¡Saludos gente! Un futuro que nadie tendrá…”. Muro de facebook de Jairo Trasante, 1 de febrero de 2014, 12 horas antes de su partida.


De miradas azules y zapatos colorados

mayo 24, 2014

La Ramona, la Chicha y la América estallaron en una carcajada cuando Juanita apareció en la sala: zapatos colorados, un vestido con flores haciendo juego y el pelo electrizado.
– Con esas mechas no salimos a ningún lado con vos, le dijo América entre risas.
– No sean así,!malas¡ ya no se más que hacer, me lo lavo con manzanilla todos los días y me cepillo, pero me queda así, dijo Juanita achatándose el pelo.
-Vení para acá, primero dejá de querer ser rubia que sos demasiado morocha y no te toma el color, y segundo, no sabés peinarte, sentaté acá – le pidío Ramona que era estudiante de peluquería – esto se arregla de otra manera. Le hizo dos trenzas con su abundante cabello azabache, las enroscó y las sujetó a la altura de la nuca.
– Andá mirate, te queda hermoso así, le indicó Ramona.
Juanita se miró al espejo y sonrió satisfecha.
– Si, me gusta, parezco Evita morocha y se puso al lado del cuadro de Eva que estaba en el living e imitó el gesto. Todas se rieron y Juanita comenzó a girar hasta que la falda de su vestido se elevó y dejó ver sus bombachas coloradas. Todas volvieron a reír.
De repente la puerta de la sala se abrío y entró Arturo, el hermano menor de Juana, ella dejó de dar vueltas y se tomó la pollera.
– ¿Que haces loca? preguntó Arturo
– Nada…ya estamos listas ¿vamos?
-Si apúrense, vamos.
Todos salieron a la calle y subieron al auto. Arturo había propuesto ir a Luján de Cuyo. El tenía unos amigos allá e irían a verlos. Juanita sabía que ese muchacho rubio que veía pasar todos las tardes por su ventana rumbo al colegio industrial “Emilio Civit”, podía estar allá, pero no se animaba a pregunatarle a su hermano.
Iba sentada en el asiento delantero, se dió vuelta y le hizo un guiño a América.
– Che Arturo ¿y quienes están allá en Luján? preguntó América con un fingido aire de poca curiosidad.
– El flaco Trentacoste, “El rubio”, y unos amigos de ellos.
A Juana le comenzó a latir fuerte el corazón, sabía que “El rubio” podía ser él, pero no dijo nada. Sólo miró por la ventanilla y suspiró. Fijó su mirada en las hileras de viñas que pasaban como renglones de un cuaderno, derechas, perfectamente derechas, y hasta alcanzó a divisar el color de las uvas que ya estaban listas y ansiosas por ser cosechadas. Era un 28 de febrero de 1952 y Juana estaba preparada para que su vida diera el giro tan esperado que siempre soñó. Cruzó los dedos, cerró los ojos y pensó: “Que esté, por favor mamita, hacé que esté”. Arturo estacionó su Chevrolet Fleetline color blanco frente a la iglesia, en un costado de la plaza de Luján. Ella no se animaba a mirar. Se quedó inmóvil, escuchaba las voces de sus amigas como si estuvieran muy lejos, De repente escuchó un golpe en su ventana, bajó el vidrio y fijó por un segundo su vista en esos ojos azules que la miraban. Era él. Bajo del auto. Sintió que la recorrían de arriba a abajo. Su piel se erizó. Levantó nuevamente su mirada y se sumergió en esos ojos claros, claros como una laguna. Unos ojos que miraría todos los días por los próximos 56 años.

PD: Así se conocieron mis viejos. ¿Que estaría pensando mi papá? eso lo sabremos en el próximo post. Ah! los de la foto son ellos… me adelante un poco…aún falta para llegar a ese momento.

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